Rodamos por pistas entre San Rafael y El Espinar, en la vertiente segoviana de la Sierra de Guadarrama, con una moto que define una época: la Yamaha XT 600 de segunda generación (finales de los 80, en torno a 1987–1989). Más evolucionada que la primera, con mejoras en chasis y suspensiones, pero aún pura: monocilíndrica, carburación… y ya con arranque eléctrico, que cambia la experiencia sin perder carácter.
Salimos entre pinares, tierra compacta y tramos de grava que obligan a mantener el ritmo justo. Aquí no se trata de correr. Se trata de fluir. La XT 600 encuentra su terreno natural: peso contenido, motor lleno abajo y esa sensación mecánica directa que hoy casi ha desaparecido.
La ruta alterna pistas forestales, claros abiertos y zonas más técnicas donde la tracción manda. El entorno es clásico de Guadarrama: bosque denso, olor a resina y luz filtrada entre los pinos. A ratos se abren vistas hacia la sierra. A ratos todo se cierra y solo queda el camino.
Este no es un recorrido épico por altitud. Es otra cosa.
Es cercanía. Es accesibilidad. Es salir a rodar sin complicaciones y encontrar todavía lugares donde la moto tiene sentido.
Y hacerlo con una XT 600 de esta generación añade algo más:
menos tecnología, más implicación.
Menos filtro, más conducción.
Segovia en estado puro.
Pistas reales.
Y una moto que sigue entendiendo perfectamente para qué fue hecha.
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